Red Deporte para el Cambio Social
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Los valores olímpicos como ideales, como utopía a realizar
26 de agosto de 2016
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Reproducimos a continuación una publicación del medio El Día de Gualeguaychú, que analiza el cierre y el impacto en la Sociedad de los últimos Juegos Olímpicos en Río, Brasil, esperando que los ideales más puros del deporte, del olimpismo, se pongan por delante de todo, y sirvan para afrontar problemas colectivos que afronta la Sociedad. global.

La culminación de los Juegos Olímpicos Río 2016, que fueron seguidos por millones de telespectadores de todo el mundo, lleva a preguntarse si el evento tendrá algún efecto de carácter social.

Así al menos lo imaginó a fines del siglo XIX el barón Pierre de Coubertin,  el creador del movimiento olímpico moderno, para quien la pedagogía del deporte podía sanar a la sociedad.

Imbuido de la ideología de la igualdad social, De Coubertin (que era docente) quería que la actividad deportiva dejara de ser privilegio de las clases adineradas de le época.

Consideró entonces la necesidad de masificarla dentro de toda la población, reconociendo sus beneficios en el desarrollo de madurez, nobleza, capacidad, trabajo y bienestar físico que generaba el esfuerzo y la sana competencia.

Hoy se habla del “olimpismo” como expresión de un complejo de ideas y de valores. Un “espíritu” que se remonta en la historia a las competencias atléticas que se celebraban en la antigua Grecia, en honor al dios Zeus.

Aquí la palabra espíritu da cuenta de cierta ideología que subyace a una práctica, la búsqueda ulterior de determinado propósito, o una mentalidad que se abre paso como una fuerza mancomunada.

Las marcas de esta ideología ya aparecen en la ceremonia de juramento olímpico. Allí los participantes, los atletas y organizadores del evento, se comprometen a respetar determinados valores y reglas.

En esa ceremonia de apertura, un atleta del país organizador de los juegos retiene con su mano derecha una esquina de la bandera olímpica y pronuncia el siguiente juramento:

“En nombre de todos los competidores –dice-, yo prometo que nosotros participaremos en estos Juegos Olímpicos, respetando y cumpliendo las reglas que lo gobiernan, comprometiéndonos a un deporte sin dopaje y sin drogas en el verdadero espíritu deportivo, por la gloria del deporte y el honor de nuestros equipos”.

De la misma forma, un juez del país organizador realiza el siguiente juramento: “En nombre de todos los jueces y funcionarios, yo prometo que vamos a oficiar en estos Juegos Olímpicos con total imparcialidad, respetando y siguiendo las reglas que los rigen en el espíritu verdadero de la deportividad”.

¿Puede ser el deporte una herramienta para la transformación social? Su filosofía de competencia leal, de juego limpio, de respeto por el cuerpo en equilibrio con el espíritu y la mente, ¿puede permear a la sociedad, creando un nuevo sentido común?

El olimpismo, en este sentido, se propone como un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo continuo del hombre por superarse a sí mismo, el valor educativo del buen ejemplo y la práctica de los principios éticos universales, como el respeto al otro y el entendimiento entre las naciones.

¿Cabe reconocer allí una “utopía”, un vasto programa para resolver los problemas de la sociedad contemporánea, aquejada por la anomia crónica, la rivalidad destructiva, la corrupción a gran escala, las adicciones de todo tipo?

¿Portan los Juegos Olímpicos la promesa de un cambio de paradigma educativo, cultural y social? El misticismo que encierran esos juegos, con su referencia ineludible a los valores griegos del pasado y su exaltación del atleta, como figura humana modélica, ¿tiene algún mensaje vital para este momento de la historia de la humanidad?

Quienes aman el deporte y estiman el carácter o identidad que forja en las personas, probablemente responderán que los valores del olimpismo son un camino para superar los problemas colectivos que afronta la sociedad global.

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