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Paula Pareto y el deporte femenino argentino
16 de agosto de 2016
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Transcribimos a continuación un lúcido análisis del Doctor en filosofía e historia del deporte César Torres, radicado en EEUU, sobre la participación olímpica argentina en cuanto a la cuestión de género y todo lo que aún falta para que las proporciones sean parejas.

Con su flamante medalla de oro en la categoría de hasta 48 kilogramos en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro, la judoca Paula Pareto se convirtió en la primera campeona olímpica argentina. Esta medalla y la de bronce que obtuvo ocho años antes en la misma categoría en los Juegos Olímpicos de Pekín convirtieron a Pareto en la primera olímpica argentina en obtener dos medallas en un deporte individual. Son logros ciertamente extraordinarios. No sorprende que Pareto sea objeto de gran atención y que un periódico porteño la haya nombrado “la mujer olímpica argentina”. Cabe destacar que su actual entrenadora también es una mujer: Laura Martinel.

El prolongado excelente rendimiento de Pareto así como el de la selección femenina de hockey sobre césped, que ha obtenido cuatro medallas seguidas (dos de plata y dos de bronce) desde los Juegos Olímpicos de Sídney en 2000, debe ser loado. El mismo, así como el interés que ha generado, podría ser interpretado como un indicador de la prevalencia en el deporte nacional de la igualdad de género. Paradójicamente, el brillo de logros como los de Pareto y de la selección femenina de hockey sobre césped, sumados a la estridente cobertura mediática de los mismos, ensombrecen la cabal situación del deporte femenino argentino. Unos pocos ejemplos comparativos la ilustran.

De las setenta y un medallas olímpicas argentinas hasta el momento de escribir esta nota, las mujeres obtuvieron doce (16,9%). De las diecinueve medallas de oro, las mujeres obtuvieron una (5,2%). Si se considera el período desde el retorno a la democracia en 1983, el más fructífero para las deportistas olímpicas argentinas, las mujeres obtuvieron diez de las veintisiete medallas (37%) y una de las seis medallas de oro (16,6%). Incluso en este período, la brecha entre hombres y mujeres es notoria.

Lamentablemente esta brecha es aún más notoria en la administración y en el entrenamiento deportivo. En el ámbito nacional, sólo una de las veintiocho federaciones de los deportes incluidos en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro es presidida por una mujer (3,5%). Su mandato es interino por renuncia del presidente anterior. La historia del Comité Olímpico Argentino (COA) no escapa a esta tendencia: de sus veinte presidentes sólo uno ha sido mujer (5%), que también ejerció de forma interina. Por otro lado, entre quienes tienen a cargo el entrenamiento de la actual delegación olímpica argentina (ciento treinta y nueve hombres y setenta y cuatro mujeres), sólo hay un puñado de entrenadoras. Mientras la amplia mayoría de las mujeres son entrenadas por hombres, sólo un hombre (el nadador Federico Grabich) es entrenado por una mujer (Mónica Gherardi).

La disparidad de género es también notoria en la participación en actividades físicas o deportivas. De acuerdo a la Segunda Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (2011), la población argentina tiene una prevalencia de inactividad física alta (54,9%) pero dicha tasa es mayor en las mujeres (58,5%) que en los hombres (50,8%). Asimismo, estudios recientes muestran que las niñas en edad escolar registran mayor propensión a la inactividad física que los niños y que esta brecha se incrementa a medida que aumenta la edad.

Este disímil panorama podría explicarse por un menor interés de las mujeres en el deporte. ¿Pero cómo explicar el origen del desinterés femenino relativo al masculino? Decididamente no debería atribuirse a razones biológicas. Todo indica que son las condiciones socio-culturales creadas por el orden hetero-patriarcal dominante las que vigorizan el desinterés femenino por el deporte: la división del trabajo hogareño; la asociación de lo femenino con la gracilidad, la maternidad y la domesticidad y lo masculino con la fortaleza, lo público y la autoridad; las dificultades para compaginar los ámbitos laborales, familiares, sociales y personales; la normalización del deporte fundamentalmente como patrimonio masculino; la cosificación de las deportistas; entre muchas otras. Estas condiciones socio-culturales se erigen como obstáculos a la práctica femenina del deporte y la desalientan.

Dado que las condiciones socio-culturales tienen una fuerte tendencia a la reproducción y que las estructuras, prácticas, lenguajes e imaginarios establecidos no se modifican espontáneamente, son necesarios esfuerzos específicos mancomunados para intentar modificarlas. En este sentido las políticas públicas son indispensables. Es lícito preguntar qué planes tiene el Ministerio de Educación y Deportes para reducir la inequidad de género en el deporte. También es lícito preguntar cómo abordan el tema las instituciones deportivas como el COA, el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo, la Confederación Argentina de Deportes y las federaciones deportivas nacionales. Por supuesto, éstos no son los únicos actores en la dinámica deportiva, pero cumplen un papel relevante en función de su centralidad en la misma.

El cierre de los Juegos Olímpicos en curso seguramente generará una reflexión sobre el estado del deporte nacional. Será una ocasión propicia para incluir la desigualdad de género en esa reflexión. Visibilizar la cuestión es el paso inicial. Generar las políticas públicas adecuadas para reducir la inequidad de género en el deporte es el paso subsecuente. ¿No sería un honroso objetivo que, en dos o tres ciclos olímpicos, la delegación argentina incluyera hombres y mujeres en proporción al total de la población y que las medallas obtenidas reflejaran la nueva composición de la delegación? ¿No sería igualmente honroso si la mitad de las federaciones deportivas fueran lideradas por mujeres y que creciera el número de entrenadoras en función de las deportistas en la delegación? ¿No sería aún más honroso si todo lo anterior reflejara, con o sin medallas, una sociedad en la que tanto hombres como mujeres, niños y niñas gozaran efectivamente del derecho a la práctica de la educación física y el deporte como establece la denominada Carta del Deporte adoptada por la Unesco? Es decir, una sociedad en las que todos y todas, como Pareto en su brillante y esforzada carrera, tengan la oportunidad de realizarse y florecer en y a través del deporte.

 

* Escrito por César Torres; Doctor en filosofía e historia del deporte. Docente en la Universidad del estado de Nueva York (Brockport).

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/8-306669-2016-08-12.html

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